sábado, 6 de junio de 2020

Las pandemias están aquí para quedarse

Aquí está cómo prepararse para la próxima

Las pandemias como la COVID-19 están a punto de convertirse en parte de nuestra nueva normalidad.
Tenemos que aprender a responder a futuros brotes de forma efectiva y con el menor daño económico.
Las estrategias activas y las organizaciones de atención sanitaria con buenos recursos deberían ser las piedras angulares de cualquier respuesta a una futura pandemia.

Imagine que cada vez que hubiera una nueva crisis financiera, el Presidente nombrara una nueva Reserva Federal y le otorgara nuevos poderes fiscales. Sin una estructura o red existente, se produciría el caos. ¿Por qué, entonces, esperamos que este enfoque funcione en una crisis de salud pública como la de COVID-19?
Con nuestra larga historia en la lucha contra las enfermedades, dos puntos se han hecho cada vez más claros. El primero es que el manejo exitoso de las pandemias virales requiere una organización de salud dedicada y enfocada a la misión cuyos líderes tengan experiencia en este campo. La segunda lección crítica de la salud pública, que estamos reaprendiendo dolorosamente en esta pandemia, es que un brote en cualquier lugar nos amenaza a todos. He aquí cómo podemos potencialmente volver a trabajar más rápido y asegurarnos de que nos mantengamos en el trabajo cuando la próxima pandemia ataque.

La propagación del coronavirus no fue una sorpresa, y ciertamente no una anomalía. El crecimiento de la población y el aumento de la movilidad ha llevado a una rápida transmisión de patógenos a nivel mundial. Ahora estamos viendo nuevos y mortales brotes virales casi todos los años.
Esta es nuestra nueva normalidad. Tenemos que preguntarnos: ¿cuál es un modelo sostenible y humano para tratar esta nueva normalidad de manera que permita que la economía siga funcionando?
Ningún país desarrollado debería tener una estrategia pasiva como respuesta a una pandemia viral. Y sin embargo, todo lo que se ha hecho en los EE.UU. y Europa en respuesta al Covid-19 ha sido pasivo. La gente tiene que auto-aislarse, auto-identificarse con los síntomas, e incluso buscar una prueba por sí misma.
Hemos luchado contra enfermedades infecciosas generalizadas antes. Las campañas de erradicación más exitosas incluyen la viruela, y nuestros esfuerzos en curso contra la poliomielitis y el gusano de Guinea que han resultado en la casi erradicación. Cuando nos proponemos controlar la poliomielitis, salimos y buscamos activamente a las personas infectadas. Los esfuerzos de erradicación del gusano de Guinea han tenido éxito porque aquí también salimos y encontramos activamente a las personas infectadas. Esta es la supresión activa, y es la misma estrategia exitosa que han desplegado las autoridades de Wuhan contra el COVID-19.

Medidas activas

Una opción activa que resultó exitosa en Wuhan es el aislamiento central. Esto significa que todos los casos confirmados son llevados fuera de sus hogares a un centro médico especializado. Para que esta estrategia funcione, las personas con síntomas y las que han estado en contacto con los casos deben ser aisladas mientras se les hacen pruebas y esperan los resultados. Esto evita la situación en la que las personas infectadas en espera de resultados se han convertido en súper propagadores al subirse a los aviones o asistir a fiestas.
Otra opción es avanzar más rápido hacia la inmunidad de grupo, que es cuando suficientes personas han desarrollado anticuerpos que evitan una mayor transmisión del virus. En esta opción aislamos y protegemos sólo a los médicamente vulnerables y a las personas mayores de 65 años, y todos los demás vuelven al trabajo o a la escuela. No todos los virus nos permiten aprovechar la inmunidad de manada; no funcionaría para la gripe estacional, ya que es peligrosa para los niños y las mujeres embarazadas. Esto también requiere pruebas generalizadas para saber cuándo una parte suficiente de la población tiene suficientes anticuerpos y los ancianos pueden salir del aislamiento.

Las cifras de las pruebas de COVID-19 realizadas en los países más afectados

La última opción es la que ha funcionado bien en algunos países asiáticos y es la más debatida en los medios de comunicación: probar-aislar-trazar. Antes de COVID-19 vimos que esta estrategia se aplicó con éxito durante el último brote del Ébola. Cuando el Ébola se identificó por primera vez en Lagos en 2014, la amenaza de que se volviera endémico en el país más grande y más densamente poblado de África era aterradora. Nigeria se apoderó rápidamente del Centro de Operaciones de la Poliomielitis en Nigeria, y éste se convirtió en el trampolín para erradicar el virus del Ébola. Los líderes y profesionales de la organización identificaron rápidamente al "paciente cero", identificaron a todas las personas con las que había estado en contacto, y pusieron en cuarentena y trataron a todos los infectados. Como resultado, Nigeria fue declarada libre de Ébola en tres meses.

La decisión de cuál de estas opciones aplicar y dónde aplicarlas corresponde a los expertos en salud pública. Cada una de estas opciones, o una combinación de ellas, nos permitirá salir del auto-aislamiento más rápido de lo que lo haría una estrategia pasiva. También podría mantenernos trabajando, mantener a los niños en la escuela y, en general, requerir menos adaptación para la sociedad cuando la segunda ola golpee o cuando llegue la próxima nueva y mortal pandemia viral.
Cada opción requiere un aumento dramático de las pruebas, y una organización de salud vertical para implementarla. Este tipo de organización tiene una misión estrecha y un solo enfoque. Funciona por separado de la mayoría de los sistemas nacionales de salud, con una dirección claramente establecida en la parte superior que se lleva a cabo a través de los profesionales de la salud y los trabajadores de línea en el terreno.

Tenemos excelentes ejemplos actuales e históricos de lo que una organización vertical puede lograr. La viruela ha sido erradicada, la poliomielitis y el gusano de Guinea se han reducido en más del 99%, y la malaria se ha reducido en un 62% desde 2000.

Hay ejemplos de este enfoque en otras esferas. El más conocido es la Reserva Federal de los Estados Unidos, un organismo dirigido por expertos, administrado por expertos y dotado de poder que es políticamente independiente. Recoge y analiza datos relevantes y toma medidas para el bien de la economía.

Un cambio permanente a una "Reserva Federal de Salud Pública" es lo que se necesita. Proporcionarán tanto preparación como respuesta rápida. Estas organizaciones verticales de salud, actuando rápida, completa y vigorosamente generarán apoyo político, compromiso público y cooperación. Y cuando no haya un nuevo brote, habrá muchos problemas en los que practicar.
Como un brote en cualquier lugar nos amenaza a todos, no se trata de un asunto puramente doméstico, así que ya sea que nos preparemos para una nueva pandemia viral cada año, o para enfermedades transmitidas por vectores, luchemos contra ellas donde están ahora mismo y no esperemos a que lleguen a nuestras costas. La lección fundamental de todo lo que hemos aprendido en materia de salud pública es que debemos ser proactivos en la lucha contra estas enfermedades.
Los Estados Unidos aportaron 11.000 millones de dólares de financiación de la salud mundial en 2019, frente a los 5.400 millones de 2006. Existe una presión significativa para recortar esa financiación, pero no podemos permitirnos perderla y es una cantidad insignificante en comparación con el costo de la propagación de cualquiera de esas enfermedades. Los verticales de salud pública bien dotados de recursos, tanto en el país como en el extranjero, pueden ser los activos de seguridad y las herramientas de política exterior más útiles. Lo más importante es que no tenemos una economía si no tenemos salud pública. Si esta pandemia viral nos ha mostrado algo es que la buena salud pública en casa y en el extranjero es una inversión - no un gasto.

Fuente: World Economic Forum 

viernes, 5 de junio de 2020

El Covid-19 abre la puerta a una semana laboral flexible

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, animaba hace unos días a las empresas a reducir la semana laboral a cuatro días con el objetivo de impulsar el turismo nacional y reactivar la economía. La medida no solo ayudaría al sector turístico mientras las fronteras permanecían cerradas, sino que también estaba pensada para ayudar a la conciliación personal y profesional de los trabajadores.

A través de un directo de Facebook, Ardern invitaba a que las compañías y los empleados reflexionasen individualmente si era posible reducir la semana u adoptar otras medidas de trabajo flexible. La profesora de ESIC Raquel Davo explica que esto se engloba dentro de un cambio cultural que proporciona más flexibilidad a la hora de trabajar y abre un nuevo mundo de posibilidades en el entorno laboral. La carrera hacia esta transformación sufrió un importante empujón con el confinamiento, cuando gran parte de las empresas instauraron el trabajo en remoto de sus empleados. “El teletrabajo es el test rápido del cambio cultural”, asegura Davo, quien defiende que el contexto actual podría acelerar tendencias que, de otra manera, tardarían años en implementarse.

Davo sugiere que, teniendo en cuenta lo bien que ha funcionado el teletrabajo, se podría extender un formato que ya es habitual en algunas compañías: los empleados acuden cuatro días a la oficina y teletrabajan el quinto desde el lugar que prefieran. Siempre que sea posible, la profesora de ESIC es partidaria de que cada persona pueda diseñar su jornada a su medida en función de en qué momentos puede trabajar mejor.

En esta línea, Santiago García, cofundador del observatorio Future for Work Institute, cree que el problema es que no se ha entendido bien el teletrabajo. “No debe ser solo un desplazamiento del lugar de trabajo, sino que cada uno pueda adaptarse mejor a sus tiempos y su entorno. Así, estas personas tendrían más tiempo para consumir e incluso para viajar, porque se pueden llevar el ordenador y conectarse desde cualquier parte”, prosigue el experto.

Una idea con la que comulga la directora académica del área de Personas y Organización en la UPF Barcelona School of Management, Mercè Martín, quien cree que es una cuestión de racionalización de horarios. “Las jornadas laborales acaban alrededor de las ocho. Es entonces cuando se empieza a tener tiempo libre, pero no solo para estar con la familia sino también para realizar otras actividades como comprar, ir al gimnasio… Si se sale tan tarde, poco se va a poder consumir”, apunta la profesora de la UPF. A su juicio, la clave está en utilizar el teletrabajo como una herramienta para la conciliación, no para reproducir exactamente lo que se hace en la oficina. Aumentar la flexibilidad del tiempo de trabajo no solo permitiría trabajar menos días sino también, si así se desea, realizar el ejercicio contrario: repartir las horas a lo largo de toda la semana –incluido el fin de semana– para contar con más tiempo libre cada día.

Otra opción en concordancia con la propuesta de la primera ministra de Nueva Zelanda sería limitar el número de horas semanales que se dedican al trabajo sin que haya que recuperarlas en otro momento. Para el director de Deusto Asuntos Globales de Deusto Business School, Juan Moscoso del Prado, esto puede ser muy positivo para el turismo siempre que sea de manera temporal y se contemplen ayudas para las partes implicadas. “En caso de que se reduzcan las jornadas pero se mantengan los salarios, el Estado deberá compensar la pérdida de horas a los empresarios. Por el contrario, si se bajan los sueldos, los trabajadores deberían recibir un cheque del Estado, como si fuera un ERTE de un día a la semana”, justifica. Un bono similar al que plantea Italia podría ser una medida a combinar con la anterior, prosigue el académico.

En el lado contrario, la directora del Observatorio de Conciliación y Corresponsabilidad de la Universidad Pontificia Comillas, María José Álvarez López, plantea dos problemas: que las empresas no tengan en este momento la fortaleza suficiente para realizar la inversión que implica la reducción de jornada y que a los trabajadores les cueste desconectar por completo durante ese día en el que antes trabajaban. En cualquier caso, la directiva considera positivo que surjan este tipo de propuestas. “Es interesante que se rompan los moldes y los estereotipos, que se deje de ver el trabajo como algo totalmente rígido”, concluye.

Fuente: Cinco Días.

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